En sus nidos decenas de huevos esperan el calor suficiente para romperse. Cuando lo hacen, las crías, apenas con fuerza para aletear, buscan el agua y de ahí los ejemplares recién nacidos se suman a una creciente población que ya ocupa calles, patios y riberas, mientras los intentos oficiales por contenerlos se han quedado entre recortes y proyectos inconclusos.
La última vez que se habló en serio de control de la población de cocodrilos en esta parte del país fue en 2016, cuando se inauguró la Unidad de Manejo Ambiental de Altamira (UMA). La idea era capturar a los ejemplares que salían de su hábitat y mantenerlos en cautiverio para frenar la sobrepoblación.
Era finales de ese año y el entonces delegado federal en Tamaulipas de la Secretaría de Medio Abiente y Recursos Naturales (Semarnat), Jesús González Macías, anunciaba que la UMA estaba lista.
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